viernes, 23 de febrero de 2018

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Velad y orad

En este más que en cualquier otro tiempo conviene que toda alma preste atención a la amonestación del Señor: “Velad y orad: porque no sabéis cuándo será el tiempo”. “Y si no velares, vendré a ti como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré a ti.” Mar 13:33; Cuando quede concluida la obra del juicio investigador, quedará también decidida la suerte de todos para vida o para muerte. El tiempo de gracia terminará poco antes de que el Señor aparezca en las nubes del cielo. Al mirar hacia ese tiempo, Cristo declara en el Apocalipsis: “¡El que es injusto, sea injusto aún; y el que es sucio, sea sucio aún; y el que es justo, sea justo aún; y el que es santo, sea aún santo! He aquí, yo vengo presto, y, mi galardón está conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra”. Apocalipsis 22:11, 12 (Conflicto de los Siglos 481).


VELAR.- La razón por la cual no se conoce la fecha exacta de la venida de Cristo, es para que nos mantengamos despierto en todo momento. Cada generación debe vivir una inminencia del retorno de Cristo.
ORAR.- Nuestro deber es orar cada día como Jesús nos enseñó a pedir: “Venga tu reino”. Anhelemos que Cristo venga para que se termine esta era de maldad, degeneración, injusticia, infelicidad y pecaminosidad.

LA ORACIÓN

La oración es el aliento del alma. Es el secreto del poder espiritual. No puede ser sustituida por ningún otro medio de gracia, y conservar, sin embargo, la salud del alma. La oración pone al corazón en inmediato contacto con la Fuente de la vida, y fortalece los tendones y músculos de la experiencia religiosa. Descuídese el ejercicio de la oración, u órese espasmódicamente, de vez en cuando, según parezca propio, y se perderá la relación con Dios. Las facultades espirituales perderán su vitalidad, la experiencia religiosa carecerá de salud y vigor. (Mensajes para los Jóvenes, 247, 248.)


A través de los años, los lectores de los escritos de Elena de White han sido profundamente impresionados por su exaltación a la Biblia.  Como una mensajera del Señor, aún cercada por su humanidad, podría haber sido todo tan humano para ella exaltar sus propios escritos sobre la Palabra de Dios.  Pero durante toda su vida, ella recomendó consistente y continuamente a la Biblia como la Palabra inspirada e infalible de Dios.  Ella instó su estudio por encima de cualquier otro libro y nos recuerda una y otra vez que las Escrituras es la única regla de fe totalmente suficiente, práctica y educativa.  Ella es “la regla por el cual toda enseñanza y manifestación religiosa debe ser probada”. (Conflicto de los Siglos, pág. 10).

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